Adrián Dárgelos: “No le puedo competir a la música repitiéndome”

Durante dos horas, Adrián Dárgelos y buena parte del equipo de Silencio tomaron a Discutible, el último disco de Babasónicos, como punto de partida para hablar sobre el estado de la música, el presente político, las motivaciones artísticas, la primera persona de las canciones y el rock jugando a lo seguro. Como la charla fue larga y muy difícil de cortar, decidimos darla en dos partes: la primera podés leerla acá; la segunda, a continuación.

En el escenario ¿qué puedo hacer? Irme a la mierda, porque como no quiero quedar bien, no tengo nada que perder. Puedo defraudar, puedo hacer cualquier cosa.

Antes mencionaste que los músicos de jazz no podían estar condenados a la masividad y por eso estaban condenados a la continuidad. ¿No creés que Babasónicos empezó como condenado a la continuidad y, si no lo logró, estuvo casi condenado a la masividad?
(Piensa). Pasa que, si nos paramos en el año 91, no tenía ni la visión de la continuidad ni la de la masividad, sólo quería molestar. Sólo quería ser una traición al legado de la familia, que creo que es un buen impulso. Y después me di cuenta de que era música. No es que yo quería cantar en un escenario. No, me encontré y fue como “bueno, voy a tener que hacerlo”. Porque para llevar adelante estas ideas que tenía, iba a tener que hacerlo. No soy un cantante que desde chiquito soñaba con cantar. A mí me chupaba un huevo, yo quería tener discos.

Después te sobró tiempo y probaste ser un cantante…
(Se ríe) No, después tuve otras motivaciones, hasta que descubrí que quizás era músico. Lo que pasa es que me habían negado la posibilidad de estudiar música, pero mi mente, mi cerebro piensa musicalmente. Antes de venir acá a verlos a ustedes escribí una canción. Esta semana escribí otra canción para otra persona, también. A mí se me da hacer eso. Yo sé hacer eso. Y en el escenario ¿qué puedo hacer? Irme a la mierda, porque como no quiero quedar bien, no tengo nada que perder. Puedo defraudar, puedo hacer cualquier cosa. Entonces entendí que es una situación bastante heroica tener ese desprendimiento en escena. ¡Qué bueno ser eso y no ser lo que soy en la vida! Me hice músico porque me da esa continuidad de tiempo de vuelo, de extrapolación. Cuando llegamos a la masividad, fuimos lo suficientemente astutos como para darnos cuenta de que lo que nos convenía era más tiempo de músicos, porque quizá todavía no habíamos hecho nuestra mejor obra. No lo sé. Mark Hollis dijo que hasta que no tenía algo que decir, no iba a sacar ningún disco. Bueno: yo tengo un montón de cosas que decir, me parece (risas). Ahí podés ver lo que les pasó en estos años a las bandas que les dieron a probar la masividad y quizás era lo único que querían: chocaron. Literalmente.

¿No te da miedo llegar a un momento en el que no tengas nada para decir?
No, eso es lo que ansío: el silencio. Basta, que se calle, no recibir más. Porque tampoco creo que yo diga las cosas, creo que me las vienen diciendo. No sobrenaturalmente, sólo que tampoco me creo tan importante como para saber si se me ocurren a mí. La forma en que escribo las canciones, las letras y muchas veces también las melodías, es tanto mejor a la de los primeros discos… Hay algo en eso que Miles Davis –de quien no soy un fanático- entiende que es la música, de que está creada en otro lado, en una especie de campo mórfico donde ni siquiera la creás: sólo la manipulás, la estirás… Es una cuestión de interpretación, de intensidad y cantidad de aire. A partir de eso, ponele letra, ponele tono. Pero es como la administración de un par de recursos muy básicos. Tenés que estar en ese estado tan frágil y vulnerable para no ponerle tanta impronta de personalidad cuando estás a la caza de los sentidos o de esas pequeñas frases que están ahí, pululan, se forma, se deforman, y vos las estás observando y parece que no son tuyas… Realmente no tuve nunca una sequía de ideas. En la época de Jessico sí creí que iba a tener una sequía de motivos, pero leí un libro de Marcelo Cohen en el que justo dice que escribir es como el free jazz, que no importaba si tenías una idea sino que tenías que entrar en el trance y fluir. Escribir en ese trance te iba a llevar al encuentro con la idea, como lo hacían los solos del free jazz.

¿Por eso la canción “Ideas”, de A propósito?
Bueno, a veces me explico el mecanismo a mí mismo; a veces lo entiendo de forma más mágica, como la noche cerrada, el pequeño destello, ir a buscarla, ver la idea completa, no poder pasarla, tirar con el sedal… Si bien hay todo un aparato racional que después sale a explicármelo, la parte en la que escribo la música nueva es tan pequeña, tan frágil… Inclusive, soy el último en terminar. Termino todo cuando estoy grabando porque lo tengo, sí, pero le voy dando y dando. Es como lo que me sorprende del David: no entiendo cómo está hecho. Imaginate cómo pensaban la música durante el Iluminismo alemán. Imaginate cómo la pensarían, cuánto tiempo llevaría. La composición lleva mucho tiempo. Nosotros ensayamos cuatro cinco meses, fue nuestro disco más largo, y son muy pocas canciones para mucho tiempo.

Bueno, pero tuvieron que inventarse de nuevo, en un punto. Además de lo que decías de la monoparte, también dijiste que casi nunca suenan más de tres instrumentos.
Esa era una de nuestras consignas. Yo quería que el disco suene más alto que todos, más competente que todos, más cerca del parlante. Para eso, teníamos que cazar el valor interpretativo y llevar el dramatismo… Es decir: no corregir ni editar para tener la llaga, la piel, la escama, todo ahí, en la punta, para que vieras el relieve de las cosas, para ganar dinámica. Lo que fallaba en Romantisísmico es que, como estaba sobrearreglado, había mucho de todo. Era como presentar La Gioconda con un trapo adelante (risas). Aunque el trapo es traslúcido, te caga, no podés ver. Entonces, a Discutible queríamos sacarle todas esas cosas. Los temas del rock más tradicional del disco se justifican en el punto en el que no hay sobregrabaciones de guitarra, no hay doblaje, no hay nada. Está todo como lo tocamos. Y muchos de los otros temas fueron grabados con la banda y después quizá sólo se usó la velocidad, y algunos patrones rítmicos que se samplearon en formas muy largas y después fueron reconstruidos. Tampoco usamos cajas rítmicas, normalmente es Panza tocando entera la batería electrónica en varias layers, tocando de a tres cosas y después agregando otras dos… Todo como un montaje en vivo y reproducible. De hecho, Panza las toca. “La pregunta” la toca él. Al tener la misma formación durante mucho tiempo, Babasónicos puede experimentar nociones no lingüísticas de la música, como el swing. No hay que hablar mucho. Los demás van concibiendo el swing. ¿Cómo se conciben? Con mucho tiempo de ensayo.

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Fuente: Silencio

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